Los gritos son así, recalcitrantes, se arremolinan en mi
mente para descender irrefrenables hasta mis pies en forma de escalofríos con
uñas y garras afiladas, heladas, tanto que queman mi piel en su paso fugaz.
Son tantos estos gritos, son tantos Dios mío, y yo soy tan
solo un hombre, tan solo una mísera partícula en este Infierno de inacabables
vertientes, en este Universo que crece, pero que en su crecer me reduce a una
porción tan ínfima que contemplo todo por encima de mis hombros.
Oh Dios mío, son demasiados los gritos, los bramidos que
crepitan entre las paredes cuando las luces huyen pavorosas de entre el
cemento. Son tantos, y tan fuertes, las exhortaciones de los vientos, que me
arrasan, como la tormenta en los trópicos. Me arrancan la piel, las vestiduras,
la mente y la transportan, a quién sabe dónde.
Déjenme descansar gritos, déjenme caer en un sopor que me
conduzca en un solo camino, la tranquilidad. No son las praderas verdes las que
recubren mis brazos, o las gotas de lluvia aterciopeladas las que bañan mi
rostro. Tampoco es el Sol el que calienta tibiamente mis manos o los cantos
celestiales de los pájaros en bandada los que arrullan canciones en mi mente.
Son tantas las alimañas y las serpientes que trepidan por
sobre mi ya moribundo cuerpo, y tantos los sentimientos que hacen lo suyo
encima de mi Espíritu, que el peso ya me hunde en mí mismo. Ya me lloro, ya me
veo, ya soy yo dentro de mi pecho. Quizás sean tantos los gemidos que rugen
desde el centro de la Tierra que habrá que arrinconarse en donde no aparece el
Sol, y si es que esos gritos terrenales de la Madre son gritos de guerra,
aliarse a ellos en solemne aceptación.
Es tan grande el abismo entre Nosotros y el suelo que
pisamos que no sentimos la herida que fulgura en el cielo, o la que sangra de
entre las raíces del Universo. Es tan grande la lluvia y la tempestad que mi
pluma no puede obviarla, no he de poder ocultarla con un simple dedo, o una
simple mentira falaz que recurra a viejos y obsoletos discursos. Porque la
Tierra brama, y sus hijos ya empiezan a oírla. Somos ecos, tan solo ecos de un
gran grito Universal, de un gran gemido insoslayable, incontenible e
insondable, somos ecos. Somos frágiles, nos desmoronamos frente a estos
bramidos, nos destrozamos como cristales frente a los rugidos del Cielo.
El llorar no es un prodigio, sino un Don, así como lo es
este grito que ahora son palabras, así como lo son los cantos de las aves, y
así como lo es todo en verdad.
No puedo contener ya mi desgarrada piel, no puedo maniatar
ya este devenir constante de lágrimas, no puedo, y no podré; corren en mí ya
los vientos de un cambio que fulgura, y crece, y nace y ya camina. No quiero
ganar, no es la victoria uno de mis deseos ni son los trofeos los corolarios de
mis acciones futuras, puesto que la victoria no es más que un paso para la
derrota.
Pretendo fundirme con ésta, mi Tierra, pretendo amainar mis
gritos para que mis vociferaciones se transformen en el eco de las nubes.
¡Oh Dios de la Tierra, Madre gloriosa! ¡Oh Nubes y Montañas,
Ríos y Forestas! Acudan a mí las sombras y la luz, que se hermanen el fuego y
el agua, que se fundan en mis venas y mis entrañas las transparencias de un
Cielo puro y diáfano. Ruego a los cielos que lluevan verdades sobre mi rostro y
mi mente, que inunden mi lengua tan solo palabras dulces y verdaderas, ciertas
como este suelo que piso y siento. De mi
pecho tan solo emerge un Deseo, tan solo uno, pequeño e irrefrenable, el deseo
de que abran los ojos los hijos de la Tierra, que vislumbren extasiados el
fulgor del alba, que contemplen como caen los rayos de la Luna por encima de
sus cabezas depositando una plata nunca antes vista, que den a luz niños sanos,
puros, que los críen y de ellos tan solo manen flores de colores inauditos, quiero desear, quiero ser, quiero ser Ser
entre las raíces del Cielo que hoy habla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario