martes, 18 de septiembre de 2012

Gritos de la Tierra


Los gritos son así, recalcitrantes, se arremolinan en mi mente para descender irrefrenables hasta mis pies en forma de escalofríos con uñas y garras afiladas, heladas, tanto que queman mi piel en su paso fugaz.
Son tantos estos gritos, son tantos Dios mío, y yo soy tan solo un hombre, tan solo una mísera partícula en este Infierno de inacabables vertientes, en este Universo que crece, pero que en su crecer me reduce a una porción tan ínfima que contemplo todo por encima de mis hombros.

Oh Dios mío, son demasiados los gritos, los bramidos que crepitan entre las paredes cuando las luces huyen pavorosas de entre el cemento. Son tantos, y tan fuertes, las exhortaciones de los vientos, que me arrasan, como la tormenta en los trópicos. Me arrancan la piel, las vestiduras, la mente y la transportan, a quién sabe dónde.

Déjenme descansar gritos, déjenme caer en un sopor que me conduzca en un solo camino, la tranquilidad. No son las praderas verdes las que recubren mis brazos, o las gotas de lluvia aterciopeladas las que bañan mi rostro. Tampoco es el Sol el que calienta tibiamente mis manos o los cantos celestiales de los pájaros en bandada los que arrullan canciones en mi mente.

Son tantas las alimañas y las serpientes que trepidan por sobre mi ya moribundo cuerpo, y tantos los sentimientos que hacen lo suyo encima de mi Espíritu, que el peso ya me hunde en mí mismo. Ya me lloro, ya me veo, ya soy yo dentro de mi pecho. Quizás sean tantos los gemidos que rugen desde el centro de la Tierra que habrá que arrinconarse en donde no aparece el Sol, y si es que esos gritos terrenales de la Madre son gritos de guerra, aliarse a ellos en solemne aceptación.

Es tan grande el abismo entre Nosotros y el suelo que pisamos que no sentimos la herida que fulgura en el cielo, o la que sangra de entre las raíces del Universo. Es tan grande la lluvia y la tempestad que mi pluma no puede obviarla, no he de poder ocultarla con un simple dedo, o una simple mentira falaz que recurra a viejos y obsoletos discursos. Porque la Tierra brama, y sus hijos ya empiezan a oírla. Somos ecos, tan solo ecos de un gran grito Universal, de un gran gemido insoslayable, incontenible e insondable, somos ecos. Somos frágiles, nos desmoronamos frente a estos bramidos, nos destrozamos como cristales frente a los rugidos del Cielo.

El llorar no es un prodigio, sino un Don, así como lo es este grito que ahora son palabras, así como lo son los cantos de las aves, y así como lo es todo en verdad.

No puedo contener ya mi desgarrada piel, no puedo maniatar ya este devenir constante de lágrimas, no puedo, y no podré; corren en mí ya los vientos de un cambio que fulgura, y crece, y nace y ya camina. No quiero ganar, no es la victoria uno de mis deseos ni son los trofeos los corolarios de mis acciones futuras, puesto que la victoria no es más que un paso para la derrota.

Pretendo fundirme con ésta, mi Tierra, pretendo amainar mis gritos para que mis vociferaciones se transformen en el eco de las nubes.

¡Oh Dios de la Tierra, Madre gloriosa! ¡Oh Nubes y Montañas, Ríos y Forestas! Acudan a mí las sombras y la luz, que se hermanen el fuego y el agua, que se fundan en mis venas y mis entrañas las transparencias de un Cielo puro y diáfano. Ruego a los cielos que lluevan verdades sobre mi rostro y mi mente, que inunden mi lengua tan solo palabras dulces y verdaderas, ciertas como este suelo que piso y siento.  De mi pecho tan solo emerge un Deseo, tan solo uno, pequeño e irrefrenable, el deseo de que abran los ojos los hijos de la Tierra, que vislumbren extasiados el fulgor del alba, que contemplen como caen los rayos de la Luna por encima de sus cabezas depositando una plata nunca antes vista, que den a luz niños sanos, puros, que los críen y de ellos tan solo manen flores de colores inauditos,  quiero desear, quiero ser, quiero ser Ser entre las raíces del Cielo que hoy habla.


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