¿Qué es eso que
nos convierte a todos en algo, y a su vez, inextricablemente, en nada (y
nadie)? No hay un inicio que no haya conocido anteriormente un fin, por más
tremebundo o filosófico que suene entre las dicciones monótonas que conviven
actualmente entre las calles de ésta, mi ciudad (aunque daría lo mismo Buenos
Aires o Bombay, o que yo fuese Agustín o Sigmund, o Mohammed).
Hay,
irremediablemente, en el cielo porteño, cierto rumor de río que habla, que
canta, que recuerda. Ese río que nos llevará a todos hasta un fondo abismal de
quietud, de insoslayable apertura cavernosa (si se me permite el oxímoron
inquietante), es tan profundo como lo es
quizás el agujero místico e infinito de los ojos, o la profundidad de las
páginas de un libro en donde todas confluyen hacia un mismo centro, hacia un
Aleph sagrado. Y este rumor que golpea firmemente mi ventana con indeterminable
lenguaje, es el mismo que sacudió las tiendas de Morón de la Frontera allá por
1536, el mismo insondable golpeteo vernáculo que clamaba tras las paredes del
Cabildo, ese mismo resonar de vientos e historias pasadas que sonará en la hora
de mi fallecimiento y luego de que se haya extinguido toda luz en esta ciudad
de calles de remembranzas y mitos.
No puedo parar de
pensar (o intentarlo) en ese Aleph, en ese centro, en ese cielo que refleja a
la tierra, en su sequedad y en su abundancia; y en esa gota que se desliza por
sobre la hoja de una palma y que grita una ópera de Brahms con un trasfondo de superficie
lunar; ese confluir eterno de luces que dan pie a las sombras (como toda luz,
tiene su contracara), ese expandir acalorado de los hierros calientes que en su
crepitar trémulo invaden las pupilas con un estallido lumínico; mi mente no
para de babear ideas por sobre mis dedos, no para de pensar en las vías de ese
tren abandonado por Tucumán, y en las arrugas de esa señora que amasa
sutilmente un trozo de masa sin levadura en Haifa. Es esa idea que abastece
todo lo que sale de mí, esa idea que abastece todas las fuentes del mundo,
todas las lámparas y candiles, ese pensamiento de irrevocable solidez que expectora
su cantar por sobre todo; nunca morirá el Aleph, nuestro Aleph. Nada puede
destruirlo ni derrumbarlo, aunque se quemen todas las bibliotecas desde Boston
hasta la India, y desde Belfast hasta Tierra del Fuego.
Es tan grande el
cosmos que soy un blasfemo en nombrarlo, en siquiera inferir que conozco algo
de él (aún cuando yo también soy el Cosmos). Pero aunque me condenen las
hogueras derruidas o las hachas oxidadas de la Inquisición no existe en mí otra
cosa que hablar del Universo, y de mí, y de
esta pared, y ese cable que pende lastimosamente de ella, o de este
libro de Mujica Lainez, me pierdo en la
enumeración, porque me pierdo en mí, me pierdo en la gente, me pierdo porque mi
nombre es el nombre del Todo, y el Todo lleva mi nombre marcado con fuego
eterno en sus límites. Es tanta la confusión que aturde mi sien que me reposo
en esta mesa tajeada para decantar las ideas en mis ojos y así verlas,
cabizbajas y enmarañadas en mis pupilas dilatadas por la oscuridad de mi
habitación.
Caigo como un
costal de café de Brasil encima de la cama mullida, tan solo para entender y
figurarme que caigo en las praderas de Mongolia, o de Chiapas, o de algún
páramo desierto en el medio de los Montes Urales; ya da igual si me encuentro
sentado o atomizado en miles de formas: en nubes, álamos, estrellas, libros,
narvales, tigres sagrados, televisores, almas, ojos, mares, montañas, Mohammeds
o muros, o en una inacabable sucesión de Alephs imaginarios (o quizás no) que
me reflejan y en ese reflejo pueril y banal veo también tu cara y expresión un
tanto atiborrada; ya realmente no importa del todo saber si soy yo, o si soy
otra cosa que conoce lo que lo rodea (que intenta hacerlo) por designio divino
y tan solo escapa de la realidad por azares oníricos. No lo sé, la verdad me enceguece.
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