martes, 25 de septiembre de 2012

Esto


¿Qué es eso que nos convierte a todos en algo, y a su vez, inextricablemente, en nada (y nadie)? No hay un inicio que no haya conocido anteriormente un fin, por más tremebundo o filosófico que suene entre las dicciones monótonas que conviven actualmente entre las calles de ésta, mi ciudad (aunque daría lo mismo Buenos Aires o Bombay, o que yo fuese Agustín o Sigmund, o Mohammed).

Hay, irremediablemente, en el cielo porteño, cierto rumor de río que habla, que canta, que recuerda. Ese río que nos llevará a todos hasta un fondo abismal de quietud, de insoslayable apertura cavernosa (si se me permite el oxímoron inquietante),  es tan profundo como lo es quizás el agujero místico e infinito de los ojos, o la profundidad de las páginas de un libro en donde todas confluyen hacia un mismo centro, hacia un Aleph sagrado. Y este rumor que golpea firmemente mi ventana con indeterminable lenguaje, es el mismo que sacudió las tiendas de Morón de la Frontera allá por 1536, el mismo insondable golpeteo vernáculo que clamaba tras las paredes del Cabildo, ese mismo resonar de vientos e historias pasadas que sonará en la hora de mi fallecimiento y luego de que se haya extinguido toda luz en esta ciudad de calles de remembranzas y mitos.

No puedo parar de pensar (o intentarlo) en ese Aleph, en ese centro, en ese cielo que refleja a la tierra, en su sequedad y en su abundancia; y en esa gota que se desliza por sobre la hoja de una palma y que grita una ópera de Brahms con un trasfondo de superficie lunar; ese confluir eterno de luces que dan pie a las sombras (como toda luz, tiene su contracara), ese expandir acalorado de los hierros calientes que en su crepitar trémulo invaden las pupilas con un estallido lumínico; mi mente no para de babear ideas por sobre mis dedos, no para de pensar en las vías de ese tren abandonado por Tucumán, y en las arrugas de esa señora que amasa sutilmente un trozo de masa sin levadura en Haifa. Es esa idea que abastece todo lo que sale de mí, esa idea que abastece todas las fuentes del mundo, todas las lámparas y candiles, ese pensamiento de irrevocable solidez que expectora su cantar por sobre todo; nunca morirá el Aleph, nuestro Aleph. Nada puede destruirlo ni derrumbarlo, aunque se quemen todas las bibliotecas desde Boston hasta la India, y desde Belfast hasta Tierra del Fuego.

Es tan grande el cosmos que soy un blasfemo en nombrarlo, en siquiera inferir que conozco algo de él (aún cuando yo también soy el Cosmos). Pero aunque me condenen las hogueras derruidas o las hachas oxidadas de la Inquisición no existe en mí otra cosa que hablar del Universo, y de mí, y de  esta pared, y ese cable que pende lastimosamente de ella, o de este libro de Mujica Lainez,  me pierdo en la enumeración, porque me pierdo en mí, me pierdo en la gente, me pierdo porque mi nombre es el nombre del Todo, y el Todo lleva mi nombre marcado con fuego eterno en sus límites. Es tanta la confusión que aturde mi sien que me reposo en esta mesa tajeada para decantar las ideas en mis ojos y así verlas, cabizbajas y enmarañadas en mis pupilas dilatadas por la oscuridad de mi habitación.

Caigo como un costal de café de Brasil encima de la cama mullida, tan solo para entender y figurarme que caigo en las praderas de Mongolia, o de Chiapas, o de algún páramo desierto en el medio de los Montes Urales; ya da igual si me encuentro sentado o atomizado en miles de formas: en nubes, álamos, estrellas, libros, narvales, tigres sagrados, televisores, almas, ojos, mares, montañas, Mohammeds o muros, o en una inacabable sucesión de Alephs imaginarios (o quizás no) que me reflejan y en ese reflejo pueril y banal veo también tu cara y expresión un tanto atiborrada; ya realmente no importa del todo saber si soy yo, o si soy otra cosa que conoce lo que lo rodea (que intenta hacerlo) por designio divino y tan solo escapa de la realidad por azares oníricos. No lo sé, la verdad me enceguece. 

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