jueves, 27 de septiembre de 2012

Cambio e infinitud (El Camino)


El recuerdo y, tal vez, el insomnio son lo que me conduce a dilucidar las vicisitudes de la repetición casi agobiante de mis viajes matinales (o intentarlo, solamente para quitar de mi mente esa idea).

Como a menudo se ama lo que se odia para tapar ese deseo incontenible de violencia que derivaría en un acto muy poco civilizado (por no decir bárbaro), o como se suele pensar en lo que carece de sentido para alivianar el peso incesante de lo que escapa a nuestras capacidades intelectuales (las tengamos o no en cantidad), me dedicaré a pensar en esa ardua y exhaustiva repetición de momentos, rostros, lugares, caminos y circunstancias que repito matinalmente desde hace ya, cinco años.

Todo comienza aproximadamente siempre a las siete de la madrugada (en invierno eso es antes del alba, y en verano lo es en su pleno fulgor) y es un poco después, luego de ciertos menesteres higiénicos y de necesidades un tanto escabrosas (que no vienen al caso) que tras despedir a mi madre con un saludo entre somnoliento y cálido que me retiro, cierro la puerta, a veces con delicadeza y otras con simple torpeza y emprendo viaje.

Me monto en el coche que me llevará a destino (o eso es lo que pienso) y me dejo caer, rebalsado de sueño e indemnes ganas de permanecer recostado, flotando apaciguado en la tranquilidad hogareña y tibia de mi cama (que como todo hombre sabe, siempre es más confortable que las camas ajenas). Primero, la calle del autor del Quijote, despacio, el Sol reverbera en el vidrio sucio y cuando no, la lluvia baña los cristales con su toque brumoso. Luego de un breve pero no por eso poco intenso paso por un pasaje desolado, sigo rumbo por el empedrado de Bermúdez. Quizás sea simplemente porque el sopor que me adormece y me mantiene taciturno o por la remembranza de algún libro que todavía se agita en mi mente con sus vocablos dando vuelta, pero ese adoquinado antiguo (tanto más que yo, o quizás que mis propios padres) exhala historias, cuentos de un Buenos Aires no tan lejano en tiempo, pero sí en cambios (que es la medida que más utiliza el hombre moderno, el cambio). Los adoquines en las calles son como la historia de los hombres, o de una ciudad, subyacen bajo una capa de presentes (ese frío, insípido y débil asfalto) pero allí están, aguardando a ser descubiertos por el primero que los busque (o que en un colisionar no premeditado los haga salir a la luz).

Pero esa visión de remembranza y visiones del siglo pasado de esta dama porteña acaban rápido, como casi todo en la metrópoli (como casi todo en cualquier lugar del orbe), pronto cualquier vestigio de elegante e incorruptible adoquín da paso al grumoso, babeante e insípido asfalto. Aún así no tengo tiempo para pensar, en escasos cien metros giramos (cuando no nos detiene el falible semáforo del cruce) y ahí comienza la infinitud. Es risible pensar que algo tan magistral y misterioso como la infinitud, o los laberínticos corredores de las repeticiones cíclicas surja o circule por una calle con un nombre tan irrisorio como Camarones (aunque confieso que su nombre nunca me ha causado ni una mera sonrisa, quizás sea por lo acostumbrado que estoy a recorrerla y a sentirla propia. O tal vez sea simplemente por mi apatía generalizada). Casi tan risible como pensar que un ser tan ínfimo como un ser humano pretenda o se figure siquiera comprender una porción minúscula de lo que es la infinitud, lo infinito. Y aún más estrafalario es pensar que esa intuición intelectual (oxímoron mediante) provenga de algo tan cotidiano y común como un viaje en automóvil; pero salvando las cuestiones risibles y las calles con nombres un tanto cómicos, la idea está presente, viva, latente bajo el yugo de mi torpeza literaria e intentaré explicarla.

Tal vez sea por el simple repetir rutinario de caras, o por el aire somnífero de la mañana (que se entremezcla con los rumores de una ciudad que despierta de un letargo que ha parecido demasiado largo para su compulsión moderna), o quizás por una simple debilidad mental mía que me conduce a pensar que cada día estoy en el mismo lugar, haciendo lo mismo, repitiendo acciones que he repetido ya infinidad de veces y que las seguiré haciendo mientras el mundo sea mundo. Ese devenir de los actos y consecuencias que transcurren en un tiempo determinado y en un lugar determinado también, ese cambiar constante de cosas, de lugares y de personas parece abstraerse de mi recorrido matinal, parece escapar y dejarme ahí sentado, inmóvil y callado esperando para arribar (aunque no sé si realmente arribe, o si alguna vez he llegado a destino o si alguna vez lo haré fehacientemente.)

Tan solo pienso en ese camino, que ya de tanto recorrerlo me suena familiar (demasiado), pienso en mis manos que aunque no más grandes, se nota que han crecido en madurez, me figuro mi rostro, aunque no lo veo y me pienso más anguloso, con el vello facial crecido (por cierta dejadez y por qué no, por cierta rebeldía absurda y sinsentido). Y allí sentado, en esos asientos fríos por la mañana y que parecen haber sido creados para mí (no por la comodidad que experimento, sino porque parece que nadie más los usa, o los ha usado), allí discurro sobre mi mente y sobre lo que he pensado sobre mis manos y mi rostro, sobre el adoquinado, sobre mi madre, sobre que si luego de cerrar la puerta, todo lo que reside tras de ella existe, o si es un mero fantasma de mi imaginación una vana ilusión  mental que me encierra y aturde en un laberíntico trajín diario.

Me veo reflejado en las gotas que confluyen hacia el vidrio (pero me reflejo deforme, como lo seré en algún tiempo paralelo. En otro tiempo en el cual soy mujer, o soy un perro, o soy parte del asiento en el cual nadie está sentado) y en mi discurrir mental me extiendo tanto que me pierdo incansablemente en caminos nebulosos, tanto como mi mirada por la mañana, me extiendo y estoy por otras calles, con otros autos; me inmiscuyo en las casas, en los desayunos de las personas, en sus tazas de café con leche; vuelo de ese auto en formas extrañas que demuestran mi infinitud, y la del aire y la del chofer del auto (aunque no lo sepa). Y entonces comprendo cabalmente que todo es un cambio, y entre la infinitud de cambios se vuelve infinitamente a ser lo mismo, y lo mismo, y lo mismo, tanto que no nos damos cuenta que cambiamos en tiempo y lugar. Ese río de Heráclito, el Oscuro de Éfeso, puede no ser el mismo (y en realidad no lo es) pero es infinitesimal la diferencia, no la noto, y me sumerjo en él y al salir soy el mismo (no lo soy) y el río es el mismo, sus aguas y su cauce son las mismas (no lo son).

Entonces cuando creo que estoy a punto de descubrir finalmente todo eso que subyace bajo mi mente y bajo la mente de todos los hombres y entre las moléculas ínfimas de todo ser vivo. Cuando mi sien yace atiborrada de ideas cuasi magníficas que bajan imparables hasta mi lengua para gritarlas y esparcirlas entre los pobres y patéticos hombres, cuando me encuentro en la cima de un monte que nunca antes he visitado, todo se precipita. Caigo preso del tiempo que considero infinito, me figuro finito, mortal, irremediablemente inferior a lo que intento descubrir y sollozo internamente, lloro lágrimas de desilusión.

No lo comprendo; ¿en algún otro auto alguien lo habrá descubierto? 

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