El recuerdo y,
tal vez, el insomnio son lo que me conduce a dilucidar las vicisitudes de la
repetición casi agobiante de mis viajes matinales (o intentarlo, solamente para
quitar de mi mente esa idea).
Como a menudo se
ama lo que se odia para tapar ese deseo incontenible de violencia que derivaría
en un acto muy poco civilizado (por no decir bárbaro), o como se suele pensar
en lo que carece de sentido para alivianar el peso incesante de lo que escapa a
nuestras capacidades intelectuales (las tengamos o no en cantidad), me dedicaré
a pensar en esa ardua y exhaustiva repetición de momentos, rostros, lugares,
caminos y circunstancias que repito matinalmente desde hace ya, cinco años.
Todo comienza
aproximadamente siempre a las siete de la madrugada (en invierno eso es antes
del alba, y en verano lo es en su pleno fulgor) y es un poco después, luego de
ciertos menesteres higiénicos y de necesidades un tanto escabrosas (que no
vienen al caso) que tras despedir a mi madre con un saludo entre somnoliento y
cálido que me retiro, cierro la puerta, a veces con delicadeza y otras con
simple torpeza y emprendo viaje.
Me monto en el
coche que me llevará a destino (o eso es lo que pienso) y me dejo caer,
rebalsado de sueño e indemnes ganas de permanecer recostado, flotando
apaciguado en la tranquilidad hogareña y tibia de mi cama (que como todo hombre
sabe, siempre es más confortable que las camas ajenas). Primero, la calle del
autor del Quijote, despacio, el Sol reverbera en el vidrio sucio y cuando no,
la lluvia baña los cristales con su toque brumoso. Luego de un breve pero no
por eso poco intenso paso por un pasaje desolado, sigo rumbo por el empedrado
de Bermúdez. Quizás sea simplemente porque el sopor que me adormece y me
mantiene taciturno o por la remembranza de algún libro que todavía se agita en
mi mente con sus vocablos dando vuelta, pero ese adoquinado antiguo (tanto más
que yo, o quizás que mis propios padres) exhala historias, cuentos de un Buenos
Aires no tan lejano en tiempo, pero sí en cambios (que es la medida que más
utiliza el hombre moderno, el cambio).
Los adoquines en las calles son como la historia de los hombres, o de una
ciudad, subyacen bajo una capa de presentes (ese frío, insípido y débil
asfalto) pero allí están, aguardando a ser descubiertos por el primero que los
busque (o que en un colisionar no premeditado los haga salir a la luz).
Pero esa visión
de remembranza y visiones del siglo pasado de esta dama porteña acaban rápido,
como casi todo en la metrópoli (como casi todo en cualquier lugar del orbe),
pronto cualquier vestigio de elegante e incorruptible adoquín da paso al
grumoso, babeante e insípido asfalto. Aún así no tengo tiempo para pensar, en
escasos cien metros giramos (cuando no nos detiene el falible semáforo del
cruce) y ahí comienza la infinitud. Es risible pensar que algo tan magistral y
misterioso como la infinitud, o los laberínticos corredores de las repeticiones
cíclicas surja o circule por una calle con un nombre tan irrisorio como Camarones (aunque confieso que su nombre
nunca me ha causado ni una mera sonrisa, quizás sea por lo acostumbrado que
estoy a recorrerla y a sentirla propia. O tal vez sea simplemente por mi apatía
generalizada). Casi tan risible como pensar que un ser tan ínfimo como un ser
humano pretenda o se figure siquiera comprender una porción minúscula de lo que
es la infinitud, lo infinito. Y aún más estrafalario es pensar que esa
intuición intelectual (oxímoron mediante) provenga de algo tan cotidiano y
común como un viaje en automóvil; pero salvando las cuestiones risibles y las
calles con nombres un tanto cómicos, la idea está presente, viva, latente bajo
el yugo de mi torpeza literaria e intentaré explicarla.
Tal vez sea por
el simple repetir rutinario de caras, o por el aire somnífero de la mañana (que
se entremezcla con los rumores de una ciudad que despierta de un letargo que ha
parecido demasiado largo para su compulsión moderna), o quizás por una simple
debilidad mental mía que me conduce a pensar que cada día estoy en el mismo
lugar, haciendo lo mismo, repitiendo acciones que he repetido ya infinidad de
veces y que las seguiré haciendo mientras el mundo sea mundo. Ese devenir de
los actos y consecuencias que transcurren en un tiempo determinado y en un
lugar determinado también, ese cambiar constante de cosas, de lugares y de
personas parece abstraerse de mi recorrido matinal, parece escapar y dejarme
ahí sentado, inmóvil y callado esperando para arribar (aunque no sé si
realmente arribe, o si alguna vez he llegado a destino o si alguna vez lo haré
fehacientemente.)
Tan solo pienso
en ese camino, que ya de tanto recorrerlo me suena familiar (demasiado), pienso
en mis manos que aunque no más grandes, se nota que han crecido en madurez, me
figuro mi rostro, aunque no lo veo y me pienso más anguloso, con el vello
facial crecido (por cierta dejadez y por qué no, por cierta rebeldía absurda y
sinsentido). Y allí sentado, en esos asientos fríos por la mañana y que parecen
haber sido creados para mí (no por la comodidad que experimento, sino porque
parece que nadie más los usa, o los ha usado), allí discurro sobre mi mente y
sobre lo que he pensado sobre mis manos y mi rostro, sobre el adoquinado, sobre
mi madre, sobre que si luego de cerrar la puerta, todo lo que reside tras de
ella existe, o si es un mero fantasma de mi imaginación una vana ilusión mental que me encierra y aturde en un
laberíntico trajín diario.
Me veo reflejado
en las gotas que confluyen hacia el vidrio (pero me reflejo deforme, como lo
seré en algún tiempo paralelo. En otro tiempo en el cual soy mujer, o soy un
perro, o soy parte del asiento en el cual nadie está sentado) y en mi discurrir
mental me extiendo tanto que me pierdo incansablemente en caminos nebulosos,
tanto como mi mirada por la mañana, me extiendo y estoy por otras calles, con otros
autos; me inmiscuyo en las casas, en los desayunos de las personas, en sus
tazas de café con leche; vuelo de ese auto en formas extrañas que demuestran mi
infinitud, y la del aire y la del chofer del auto (aunque no lo sepa). Y
entonces comprendo cabalmente que todo es un cambio, y entre la infinitud de
cambios se vuelve infinitamente a ser lo mismo, y lo mismo, y lo mismo, tanto
que no nos damos cuenta que cambiamos en tiempo y lugar. Ese río de Heráclito, el Oscuro de Éfeso, puede no ser el
mismo (y en realidad no lo es) pero es infinitesimal la diferencia, no la noto,
y me sumerjo en él y al salir soy el mismo (no lo soy) y el río es el mismo,
sus aguas y su cauce son las mismas (no lo son).
Entonces cuando
creo que estoy a punto de descubrir finalmente todo eso que subyace bajo mi
mente y bajo la mente de todos los hombres y entre las moléculas ínfimas de
todo ser vivo. Cuando mi sien yace atiborrada de ideas cuasi magníficas que
bajan imparables hasta mi lengua para gritarlas y esparcirlas entre los pobres
y patéticos hombres, cuando me encuentro en la cima de un monte que nunca antes
he visitado, todo se precipita. Caigo preso del tiempo que considero infinito,
me figuro finito, mortal, irremediablemente inferior a lo que intento descubrir
y sollozo internamente, lloro lágrimas de desilusión.
No lo comprendo;
¿en algún otro auto alguien lo habrá descubierto?
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