Me obligo a sentarme
y a meterme en el papel,
a ser parte de sus fibras.
Me obligo,
sí me obligo,
a tomar el lápiz y empuñarlo,
sacarle filo a las palabras,
y clavarlas en mi piel,
sangrar versos y llorar.
Sangrar para que nadie más sangre,
y llorar por ese niño de allí,
hijo del frío, que resopla por los poros.
Y así afilo estas palabras,
para que él no afile sus dedos,
me cargo de penar para que ría,
me cubro del gris del cielo,
para que brille sobre él un Sol de acuarela.
Es niño y ríe,
y yo ya soy piel, y huesos y lágrimas,
de mí nacen flores, claveles y rosas,
y el niño las corta y adornan su cabeza,
y bajan hasta su sonrisa de cristal
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