Escapan irrefrenables las palabras,
vomitan retoños sobre un trozo de papel,
escapan y no las he de detener,
porque ellas hablan por los sin voz,
mudos en el alma, en el corazón.
Lloran y lloran mis manos,
y llora el niño debajo de mi sien,
entre espasmos llora y se retuerce.
¿Cómo he de saber el nombre del cielo,
si es que no se qué pasa bajo mi pecho?
¿Qué complicada maraña se oculta?
Entre mi carne levita mi poesía,
y la tuya, y la de él, y la de ese árbol,
que somos lo mismo;
y yo las escribo, noche y día.
Las aves me gritan que escriba,
y mis párpados no se cierran,
lloran entre roca y roca,
se ríe mi mueca en tu vientre,
juguetean mis manos entre el viento,
llamo a Dios y miro al cielo,
y abro las alas, soy gorrión,
te grito, oh Hermano,
que cantes, y escribas, y llores,
rías, plantes y coseches flores,
que seas gorrión en el pecho,
y árbol en los pies.
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