Las voces del infinito nos llaman a rememorar, a ser como grandes máquinas de escuchar ecos, los ecos del pasado, de los astros que retumban memoriosamente en nuestro Espíritu.
Toda nuestra corporeidad es astral, desde nuestros huesos quebradizos hasta el material que forma nuestras neuronas, todo, nosotros como totalidad formada, nosotros como milagro aleatorio somos restos de estrellas que han dejado de ser tal para devenir en nosotros, se dividieron en millones de partes para extender su maravillosa estructura cósmica en nosotros, en cada espíritu, en cada rincón de nuestro cuerpo, de nuestro organismo.
Cada cavidad, es la misma que la del Sol, cada hálito es también como los hálitos fulgurantes y esplendorosos de nuestro brillante Sol. Cada alegría es un plexo solar, cada llanto es cada envejecimiento del vetusto astro.
Y somos así, somos los hijos del Sol, del antigüo dios de los antigüos, antigüos somos y antigüos seremos ; lo que nace del polvo, al polvo irá, y lo que de allí salga no será otra cosa, que polvo.
Somos la nueva cara de lo viejo, somos el renacer de lo que ha renacido ya cientos de veces, nuestras arrugas ya se han vivenciado en miles de formas, nuestras lágrimas han sido ya lluvia en alguna superficie hoy inexistente, somos la foto de un cosmos cambiante, tanto como nuestro planeta y aún más, tanto como nosotros, simples seres mortales, fusión de Espíritu y carne, fusión de hálitos cósmicos y carnes tan blandas como la más fina seda.
Si de allí venimos, de las profundidades del Espacio, ¿Por qué no hemos de buscarnos allí? ¿Por qué no hemos de encontrar nuestras raíces allí, donde todo duerme y grita mientras se encuentra reposado? Somos Espacio, somos vida, somos astros en su mayor magnificencia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario