El hombre, tal y como yo lo concibo, como un ser real, conjunto de pensamiento, espíritu y cuerpo, mezcla de carne y hueso con intelecto, una suerte de conjunción entre una naturaleza terrenal, fruto de nuestro desenlace humano y finito, y otra naturaleza u origen, mucho más profundo, con un fin trascendental sumado todo esto, a las ansias históricas del hombre, de querer lograr entender lo infinito.
Y es esto, es la guerra interior entre lo que se quiere y lo que se tiene, entre la finitud inexorable del ser humano y su tiempo en la tierra, es este ambiente belicoso en el cual se deciden las batallas internas del hombre, donde el hombre vive, a pesar de saberse muerto (a pesar de saber que va a morir, algún día).Es esta característica, la que hace al hombre grande (tomando la generalidad del hombre), y es ésta también, la que opaca a las deficiencias del ser humano, que se notan a simple vista, el temor a la muerte, la conformidad, la injusticia, etc.
Y esta característica basal, fundamental del hombre aplasta a las características negativas, ya que es enfrentar a la nada y a su vez a un todo, de los dos modos que podríamos enunciar esto, es lo mismo, ya que es una batalla de nunca acabar, o de siempre acabar.El hombre lleva su vida a cabo, a pesar de saber que tarde o temprano morirá, porque indefectiblemente está en su naturaleza ser mortal, ser finito, en espacio y en tiempo.El hombre enfrenta al vacío cual guerrero que combate solo contra un muro de piedras, este sabe que nunca podrá derribar ese muro, nunca podrá trascender esa barrera, y sabe también, que morirá en el intento, pero lo impulsa una fuerza mayor que la del miedo que todo lo anterior podría provocarle, lo impulsa la duda.
Aún sabiendo que moriremos, los hombres no podemos resistirnos a no intentar, sabemos que hay infinitas posibilidades y sabemos que nuestros caminos están plagados de incertidumbres, más que de certidumbres, pero si no intentamos, si no dudamos de nuestras propias certidumbres y vaticinios nunca avanzaremos.Si nunca atravesamos la humareda, si no difuminamos la niebla intelectual con nuestro pensamiento, nunca sabremos si detrás de esa niebla subyace una verdad, si detrás de esa bruma espesa, se esconden verdades, se esconden respuestas a las preguntas que nos aquejan, y esto, la duda, hace grande al hombre.
Y esta duda se plantea en nosotros, por nuestra característica fundamental, la finitud.Los inmortales no se preguntan, los inmortales no dudan, porque tienen tiempo para pensar, no tiene un reloj de arena que los presiona, colocando cada segundo un grano más encima de nuestros hombros, avisándonos casi como una suerte de recordatorio macabro, que el final está cada vez más cerca de nosotros.Esto convierte a los instantes de los seres humanos, en preciosos, el tiempo no vale oro, vale mucho más que el oro, el tiempo es lo más preciado que tenemos los hombres, porque no lo podemos comprar, ni enajenar.Cada hombre viene a la tierra con un tiempo determinado, el libre albedrío le otorga la libertad para poder hacer con él, lo que quiera, pero eso no quita la naturaleza exótica del tiempo.
Nuestros momentos, nuestro tiempo mortal, es extremadamente valioso, en cambio, el tiempo de los inmortales no vale nada, porque esos instantes se van a repetir hasta el hartazgo, hasta que cada segundo de vida se transforme en un deja vu constante.
Ya lo dijo Borges en su cuento “El Inmortal”: “Lo ví a Homero (quien es inmortal) en las puertas, creo que no nos dijimos adiós”.Todo lo que vengo diciendo se resume a esto, los inmortales no dicen adiós, ni hasta luego, ni hasta pronto, ni chau, porque saben, indefectiblemente que en la repetición infinita de sus instantes, en algún momento se van a volver a cruzar.Sabemos, que al igual que nosotros, la gente que nos rodea,tiene infinitas posibilidades en su paleta de futuros, en las cuales se encuentra la muerte, como un posible desenlace, por eso sentimos la necesidad de saludar.
El hombre es un ser patético, el cual vive en un pedazo de roca en el medio del Universo, como un átomo montado en un grano de arena en el medio de la playa, el cual no modifica en nada el futuro de la playa, ni las mareas.Pero este ser patético, el cual habita en la Tierra (un cascote en medio de un universo perfecto), piensa en las preguntas que merodean por ese cosmos perfecto, y reflexiona sobre las cuestiones más fundamentales que pueden ser imaginadas por alguien, o algo.
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